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Un viaje a Chicago

 

Un cartel publicitario afirma solemnemente que el día del incendio fue el más brillante de la historia de Chicago. Y no precisamente por la luz del fuego, sino porque ese día, la que es hoy la segunda ciudad más importante de Estados Unidos desapareció prácticamente del mapa. Chamuscada de raíz, se quedó sin memoria visual y hubo que reinventarla: 17.000 edificios perecieron bajo las llamas, aventadas por el aire fresco que frecuentemente barre la ciudad, al sur de los Grandes Lagos. Nadie lo supo entonces, pero de esa jornada trágica y veraniega de 1871 nació un nuevo concepto que sirvió de patrón para el urbanismo norteamericano. La reconstrucción de la ciudad dio origen a la arquitectura moderna, una auténtica competición de formas altas y revolucionarias firmadas por los mejores: Sullivan, Wright, Mies van der Rohe, Jahn... Una retahíla de edificios con nombre propio que incluye nueve de los 35 edificios más altos del mundo. Una auténtica lección de ingeniería urbana.

 

 

Y eso que Chicago ha mantenido desde siempre un discreto lugar dentro de las grandes urbes norteamericanas. La fama y la imagen de gran metrópoli se la lleva Nueva York, a pesar de que esta eterna segundona sea la ciudad con mayor diversidad cultural y étnica de todo el país. Las minorías raciales son aquí la mayoría, y su habitante típico es de origen polaco, filipino o mexicano.

 

 




Poco a poco se va borrando el recuerdo de los gánsters de los años 20 como la imagen más recurrente de Chicago. Y el mágico Michael Jordan desplazó hace unos años a Al Capone como el personaje más popular de la ciudad. Sin embargo, muchos visitantes siguen buscando, armados de guías especializadas, los garitos que frecuentaban y los lugares de sus ajustes de cuentas. El lugar de peregrinaje más popular está en el 2.122 de North Clark, donde ocurrió la masacre del Día de San Valentín. El cine ha dado más de una versión de esa carnicería, pero muchos títulos han forjado el mito del capo y la ley seca.

 







 

Chicago, hoy, son sus gemas arquitectónicas. Así que hay que dirigirse al centro, a patear ese distrito apodado The Loop (El Lazo) por el rizo que forman las vías del metro al aire libre. Empezar como es debido exige dirigirse al kilómetro cero, al cruce de State y Madison, donde confluyen todas las direcciones de Chicago y se concentra toda la ciudad la noche de Año Nuevo. La calle State fue durante décadas un rosario de grandes almacenes, y aunque esos viejos tiempos han desaparecido, en esta esquina mítica sigue estando Carson Pirie Scott, un emporio comercial de otro tiempo que permanece como una de las grandes obras de Sullivan.

Cerca están algunos de los edificios que marcaron la historia de las dos primeras épocas gloriosas de la arquitectura de Chicago, la de fin de siglo y la de los años 20. También está La Salle, el Wall Street del Medio Oeste, donde se hacían antes los desfiles; restaurantes centenarios, como el Berghoff --el más veterano--, y una extraordinaria colección de esculturas gigantescas, como las de Picasso y Calder. Por no hablar del testamento arquitectónico de Van der Rohe o la famosa torre Sears, hasta hace poco el edificio más alto del mundo.

 

En un pasado reciente, el ímpetu de Chicago decidió cruzar el río y pasar al lado norte. La avenida North Michigan es el corazón comercial, una suerte de Campos Elíseos al estilo americano, poblado de rascacielos por entre los que se puede pasear en coche de caballos. Esta avenida de algo más de un kilómetro, la Milla Magnífica, flanqueada por el hotel The Drake, a un lado, y el Wrigley Building y la torre Tribune, al otro, es uno de los recorridos más fascinantes de todo Estados Unidos. Por un lado, está la Golden Coast o Costa Dorada, uno de los reductos de los ricos más ricos, con casas y edificios de apartamentos de postín, tiendas como Tiffany’s o Tessuli hilvanadas a lo largo de la calle Oak y una estela de coches con chófer. Por otro lado, Chicago abre la boca ante la cultura gastronómica de los Planet Holly wood y Hard Rock Cafe o los más clásicos Rock-N-Roll, McDonald’s o Ed Debevic’s, algunos de ellos templos consagrados al culto de los 50 y los 60.

Esta ciudad entrega su estómago a la herencia más purista y mestiza del junk food o comida basura; casi puede decirse que el plato nacional es la hamburguesa con Coke y fries (patatas fritas). Al final de la Milla está el restaurante de Michael Jordan, el ídolo de los Chicago Bulls y de esta ciudad con fiebre de básquet. Puede que los habitantes de Chicago sean pésimos cocineros, pero no se puede dudar de su instinto para hacer que su ciudad luzca un porte de brillo y hormigón propio de un gigante, con la cabeza repleta de rascacielos.